Indignados en Honduras: el paradigma de un nuevo movimiento social

La versión en inglés se encuentra aquí.

Honduras nunca fue tan popular, de hecho para muchos no era más que un nombre en el mapa mundial y un pequeño país tercermundista. Sin embargo los niveles de violencia, las cifras de muertos, la proliferación de las maras y pandillas y el aumento del crimen organizado y el narcotráfico nos dieron un lugar en los libros de records mundial, especialmente cuando a rating de inseguridad y violencia se refieren.

Sin embargo en los últimos años este pequeño territorio saltó a la fama por golpes de la naturaleza, golpes de Estado y escandalosos actos de corrupción perpetrados por funcionarios públicos en las instituciones del Estado. La corrupción, dicen algunos expertos, ha alcanzado niveles tan alarmantes que hasta se considera normal y nadie se escandaliza por ella.

Pero los escándalos de los últimos días en los que se ha visto involucrado el Partido Nacional de Honduras, instituto político al que pertenece el actual presidente de la República, cuyo accionar ha llevado al saqueo, entre otras instituciones, del Instituto Hondureño de Seguridad Social por más de 7 mil millones de lempiras, a provocado que la masa social, muchas veces acusada de aguantadora y pacifista, saliera a las calles con indignación, pues esos millones robados significaron al menos 3 mil muertos por falta de atención médica y medicinas en este instituto.

Honduras ha vuelto a ser noticia y en los medios comunicación internacionales, las redes sociales y cuanto espacio público de debate se abra, se esta hablando de este territorio, de esos funcionarios, de aquellas empresas y sus empresarios que se prestaron para saquear las arcas del Estado e instaurar una dictadura voraz y asesina motivada por la codicia y la envidia. Desde esa realidad es que se ha ido a las calles y en estas con antorchas para reclamar el derecho robado.

Calles para hacer democracia: antorchas para iluminar el camino

El destino de un país no esta en el gobierno que lo dirige sino en los ciudadanos y ciudadanas que lo habitan. Los gobiernos fallan, fracasan en su estructura, en su funcionabilidad; en la capacidad de promover, defender y asegurar Derechos Humanos, de generar institucionalidad y condiciones para que las sociedades participen desde todos los espacios y con todas las diversidades. Si se falla en estos elementos se falla en la democracia y si se falla en la democracia se violenta la dignidad de las personas que habitan los territorios.

En casi todo lo anterior se falla cuando los Estados no son capaces de dialogar para encontrar la forma de hacer mejor país, cuando se administra como si fuera una hacienda particular y, sobre todo, cuando ese Estado no tienen la capacidad instalada ni la voluntad política para enfrentar la corrupción que corroe las administraciones públicas.

Las caminatas de las antorchas que a nivel nacional se encienden, y para mi gusto cada vez con más fuerza, son la clara expresión del fallo en la democracia instalada. La clase política, la fuerza empresarial nacional y las transnacionales político-económicas han des configurado la democracia que se sustenta en la búsqueda del bienestar social (transformación social) por un tipo de democracia inspirada en la mentira, el saqueo del erario público, la discriminación social y la negación de la justicia, la libertad y todos los demás derechos, registrados en la Constitución de la República y las declaraciones internacionales relacionadas a los Derechos Económicos, Sociales, Culturales, en adelante reconocidos como los DESC.

Por eso cuando el destino de un país esta en instituciones socialmente fracasadas y en manos de personas sin escrúpulos, corruptas y sínicas las calles se vuelven una salida, un espacio para el diálogo negado, para la descarga de las frustraciones y la ruta hacia la reconstrucción de una nación que incluya la reivindicación de la justicia social y el castigo para los culpables del fracaso patrio. Por eso la masa esta en las calles y por eso, con ellos, se fragua la esperanza de una nueva nación.

Por qué se llaman indignados y quiénes son

Son miles de gentes en las calles, muchas consignas y una bandera ondeando en alto, exaltando el pecho de los portadores. Miles de gentes asumiendo la forma de la calle y elevando la voz por encima de las bocinas y motores de los carros, rompiendo el cerco mediático de los medios de comunicación que no las querían anunciar por su contenido de denuncia. El grito yo vine por que quise a mi no me han pagado, no sos un presidente: sos un delincuente… no más corrupción, son el grito del descontento, del reclamo de la real democracia, del justo derecho al reclamo de una sociedad mejor.

Así se hacen llamar todos esos y esas jovencitas, adultos, mujeres y hombres solos y con amigos, compañeros de trabajo y familiares que llenan las calles de las distintas ciudades de Honduras. Indignados. Y dicen que lo son por que les indigna la corrupción, la hipocresía de un partido político que recibió fondos del saqueo del Instituto Hondureño del Seguro Social, la participación de corruptos en escenarios donde se cuestiona la corrupción enarbolando banderas de honestidad que no han sabido mantener en sus actos de administración pública, banderas político partidistas y radicalizaciones ideológicas que no les dan la posibilidad de hacerse en su nueva dinámica de lucha que desde la coyuntura actual se viene generando. Y cuando se pregunta ¿quién coordina? una sola respuesta, somos los indignados. Es decir un pueblo que coordina a su pueblo, una masa que sigue a la masa, una democracia que se hace en las calles guiando una democracia que se defiende en las calles.

Es un movimiento sui generis, multidisciplinario, incluyente. Que se renueva a cada momento y no permite que cada caminata de antorchas sea igual a la que le precedió. Es un proceso de construcción permanente y gradual que se ha venido definiendo desde un acto de corrupción perpetrado ante una de las instituciones más sensibles de la sociedad civil (el Instituto Hondureño de Seguridad Social) pero que apunta a más en tanto se tenga como objetivo la lucha contra la corrupción desde la renovación de la democracia y la consolidación de los Estados de derecho y bienestar social. Vamos a la calle, insistía uno de los señores en la caminata, con una antorcha por que cada una de ellas representa un fallecido en el seguro social asesinado por estos corruptos y sus actos de corrupción.

Pero también es un movimiento de consensos y pactos tácitos, en donde las clases sociales (con la evidente excepción de la burguesía parasitaria nacional) se han juntado para hacer voz, en donde las energías de los jóvenes y la experiencia de los mayores se han juntado para hacer caminos y el arte y la cultura con los intelectuales se han juntado para dar contenido. Es decir es un movimiento que se puede, tranquila y perfectamente entender como un espacio interclase, interdisciplinario y multipartidista que se aglutina en una sola bandera para luchar contra la corrupción e impunidad y fundar un mejor país.

¿Cuál es la ruta?

En todas las manifestaciones a esa pregunta hay una sola respuesta, respuesta que no daré pero que promuevo como ejercicio imaginativo para todos y todas. Sin embargo me atrevo a pensar que tal meta no es suficiente, si hablamos de reconstruir la democracia y posicionar un Estado que sea garante de los DESC que nos amparan en el derecho interno e internacional. La ruta, en el contexto actual, todavía no clara para todos y todas los que andan en la marcha, se ha trazado por una coyuntura y eso la convierte en una ruta de riesgo, en un paso que puede ser tambaleante.

La ruta no es la renuncia de un funcionario público (sobradamente justificada en el caso del presidente de Honduras) por que la estructura funcional y los alcances de manipulación que tiene la corrupción terminarían poniendo otro u otra igual. Sino, más bien, apunta a la recuperación del Estado de Derecho, en donde las instituciones estatales y los poderes del Estado puedan funcionar con total libertad y sin la manipulación de intereses particulares y menos de las parasitarias dictaduras que, ahora en el marco de esta democracia electorera amañada, se instalan y perpetúan tras el color de un partido político y la fuerza mediática de los medios de comunicación, pagados para cantar su misma canción. La ruta es y seguirá siendo la calle, desde donde tomamos el poder, configuramos la participación y redefinimos el país. Al pueblo nunca se le dio nada, todo lo ha conquistado en las calles y sufriendo represión. Por eso el descontento de este movimiento, mayoritariamente juvenil, que algunos dinosaurios del movimiento social quieren negar, debe canalizar toda su energía en hacer que desde esta calle, y esas calles en las que ustedes están, germine la semilla de la nueva democracia participativa que permita nacer un nuevo Estado, en donde los derechos fundamentales sean garantizados y el pueblo ostente el poder soberano constitucionalmente otorgado.

La ruta esta en la articulación, en la capacidad que tengamos de construir una agenda nacional, que respetando la diversidad, sea capaz de dinamizar este movimiento a otras acciones, que siguiendo con la fuerza creativa de la juventud pueda saltar acciones de mayor contundencia e impacto ciudadano que fuercen al gobierno a por fin escucharlo y llevarnos a la asamblea nacional Constituyente desde donde se construya el nuevo país. Las antorchas son coyunturales y, como su fuego, el tanto usarlas acabará con el combustible y finalmente se apagan. Si esta agenda, manejada desde la posibilidad de un sujeto colectivo y vinculante, no asegura más acciones mientras la coyuntura nos funcione como combustible, las antorchas se apagaran.

La ruta esta en no solo pensar, sino en cómo hacer que se generen los procesos de formación política que permita que todas y todos las que nos involucremos en estos caminos de antorcha, seamos capaces de hacer otra lectura de la realidad, definir otra estructura de país y en la definición de un Estado de bienestar social que tenga, como eje central en la práctica y la ley, la dignidad de la persona humana. La formación política e ideológica necesaria para que esas masas de juventudes que ahorita van en marejada contra la corriente de corrupción, mañana o en un futuro no muy lejano, sean los pilares donde se sustente la dignidad humana y el amor a la patria.

Centro y América Latina en este contexto

Las juventudes no salieron a las calles ayer como lo quieren hacer ver algunos analistas, ni están forjando su accionar con el crimen organizado, narcotráfico, pandilleros y mareros como quieren desvirtuar el descontento los oficialistas. Las juventudes actuales, esas que cargan las antorchas, nacieron en época de golpes de Estado, de estafa continuada, de saqueo y venta de lo público, de pérdida de los espacios públicos y negación de sus derechos más elementales.

Por eso a esta lucha de juventudes la marca una ruta en el tiempo que puede definirse cronológica y geográficamente por lo que se ha venido haciendo en algunas regiones y sus consecuencias. Así, por citar algunos de esos eventos los siguientes: Levantamiento armado Zapatista en Chiapas 1994, Golpe de Estado en Honduras en el 2009, el M19(indignados) en España, movimiento estudiantil en Chile por la educación pública 2011, la lucha contra los falsos positivos en Colombia 2012, la lucha por la defensa de las Escuelas Normales en Guatemala 2012, masacre en la Iguala Ayotzinapa, la lucha contra la corrupción en Guatemala y ahora las caminatas de las Antorchas contra la corrupción en Honduras 2015 entre otros. Es decir que este descontento no es actual ni antojadizo, ni es rebeldía juvenil sin sentido, sino una fuerza sincronizada a partir del fallo de la propuesta de democracia occidental que activó las placas juveniles que, como volcanes, se reviven en cada región de esta nuestra amada Centro y América Latina.

Es evidente, entonces, que esta es una fuerza de resistencia e indignación latinoamericana, contra un sistema(monstruo) voraz e inhumano que privilegia las mercancías a los seres humanos, y que se consolida con el favor de una clase política timorata en la que la injerencia norteamericana pone agenda y la cooperación internacional aliviana con proyectos. Contra ese monstruo se lucha con fuerza joven e indignación patriótica, en unos lados con antorchas y en otros con la cacerola que suena.

Por otro lado ese monstruo se nos presenta con doble moral y mientras en Honduras y Paraguay justificaba Golpes de Estado, en Guatemala y Honduras cuestiona la corrupción, corrupción de la que ellos, desde sus fuerzas de inteligencia, ya tenían conocimiento y permitieron a conveniencia. Por eso ignorar la fuerza de esa injerencia en los acontecimientos actuales de la región es inadmisible y cuestionar con el ojo local, ignorando el contexto regional, esta realidad es querer con pasos angostos marcar las rutas anchas.

Somos por tanto, de alguna manera, inducidos a luchar contra la corrupción por que a la agenda internacional no le inspira ninguna confianza el desembolsar fondos a las actuales administraciones en la región. La ya cansada canción de la alianza por la prosperidad y el bonito coro de sus mil millones de dólares para los tres países del triangulo norte no es casual y por eso, en este momento, contamos con el favor de la doble moral, por que ellos ya se dieron cuenta que no pueden sembrar en tierra donde no se conseguirán las frutas que quieren cosechar. Eso no quiere decir que así sea siempre. El problema, me parece a mi, es que si no somos capaces de ir a la propuesta, que es mucho más que la renuncia de un funcionario, seremos simples peones en el ajedrez mundial que juegan los voceros del capitalismo asesino que nos gobierna.

Un poco de cultura no viene mal

En las calles recientemente se prendieron otras antorchas interesantes desde la posibilidad del arte que reivindica la dignidad social. Genera enorme satisfacción ver que las caminatas finalizan con conciertos en ves de palabrería partidista.

Los indignados le dieron un giro distinto a la manifestación cultural tradicional y la abrieron a la otra música, la otra poesía, el otro grafiti y no se que otras manifestaciones más. Pero no perdieron el contenido, siguen haciendo arte reivindicativo aunque no sea de mis años, siguen poniendo contenido aunque no siempre se exprese como a mi me hubiera gustado.

Ha sido interesante oírles cantar, bailar, declamar poesía y hacer cuanta manifestación cultural sea posible. Eso, sin duda, ha permitido que gente que nunca había sido parte de las luchas populares en la calle ahora se sienta atraída y participe. Sin embargo es importante destacar que en esa diversidad cultural no están algunos de los más representativos artistas de la cultura nacional, y tampoco aquellos que antes de estos días manifestaban sus posiciones ideológicas en panfletarios mensajes de Twitter y Facebook. Pero no es de extrañar, y como decía un de los jóvenes en la caminata de las antorchas, es bonito escribir poesía en nombre de los pobres por que siempre encuentras a más de un burgués que le encanta la cultura que le recuerda que hay pobreza en el mundo con la que se puede tener contacto por la vía del arte.

A manera de despedida

Quisiera ir terminando esta sarta de palabras enumerando unas cuantas preocupaciones que me suscitan los acontecimientos, y la interpretación de ellos que hago, cada vez que voy a las caminatas de antorchas.

En los días recientes he sentido que afloran los intereses individuales o institucionales en cada uno de los sectores participantes, el diálogo espontáneo y los acuerdos asumidos se están acabando por el atractivo de figurar que se genera, al estar ante masas de cinco o diez mil personas, potencialmente aprovechables. Si no encontramos la manera de contrarrestar este fisura el muro donde se sostiene la lucha se puede romper.

He olido en el ambiente el celo profesional propio de aquellos que siempre hemos estado, contra los que vienen surgiendo. Una especie de lucha de poder, donde los de experiencia nos sentimos más que los que no la tienen y el sabor de la amenaza se hace presente de la misma manera que la nefasta clase política actual y su sistema nos vendieron e hicieron vivir en la cultura del miedo. Y eso, estoy absolutamente convencido, es lo que esta provocando el partido nacional y su estructura de gobierno liderada por el actual presidente, para fraccionar la lucha, dividir el mensaje y acabar con la nueva resistencia social que recupera la calle.

Me asusta que los medios de comunicación, vinculados a la burguesía, que ayer negaban la existencia de las caminatas con antorchas, hoy las transmiten, me asusta pues el modelo de dictadura que se configura en Honduras, pero que es el mismo para toda la región, es tan sínico y atroz que puede pisotear sus propios intereses coyunturales con tal de asegurar la estructura en el futuro. Usan los videos nuestros pero dicen lo que ellos quieren, ponen las fotografías de nuestras marchas pero escriben de ellas lo que les conviene. Y el problema, el verdadero problema, es que no estamos reaccionando ante esa realidad.

Antorchas

(Via Flickr)

Finalmente me preocupa que no estamos dando el salto a la articulación de otros sectores de la sociedad. La convocatoria sigue siendo fuertemente direccionada por las redes sociales, pero y la gente que no tiene redes, los excluidos de la tecnología, los más pobres entre los pobres, estos todavía no están caminando, todavía no se alumbran con la antorcha contra la corrupción. Y la sociedad, como hemos dicho, la conformamos todos y todas, y la indignación como hemos dicho antes la vivimos todos y todas, independientemente de cuales sean los lentes con los que vemos la realidad y cual la trinchera desde donde la enfrentamos.

Solo en la unidad esta la fuerza.

***

Héctor Efrén Flores es abogado. Trabaja para una fundación de educación en Honduras. Es poeta regional y ensayista escribiendo sobre la resistencia en contra la opresión. Lo puedes seguir en Twitter: @hefrenf.

email
, , ,

Leave a Reply