Las etiquetas de la identidad

(krytofr/Flickr)

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Este escrito es parte de la lectura de un artículo publicado por una amiga, que tradujo del inglés al español, en el que encontré las siglas LGBTQ. La “Q” corresponde a “queer,” y le comenté a mi amiga que el término no era correcto en español.

Buscando la forma correcta de traducirlo, me tropecé con este glosario que, más que definiciones, evidenciaba en sí mismo el discrimen del cual reniega. Por ejemplo: Si vamos a la raíz  “homo” en la palabra homosexual; proviene del griego ὁμο- homo, “igual” y de sexual, un adjetivo perteneciente o relativo al sexo. La etimología u origen de la palabra sexo proviene del latín sexus, por sectus, “sección, separación” y se dice que aparece usado por primera vez en De inventione I de Cicerón.

Según se define en los diccionarios, una persona homosexual es aquella que se inclina sexualmente hacia individuos de su mismo sexo. U. t. c. s. (por sus siglas, úsase también como sustantivo o nombre). En biología, el sexo es el conjunto de las peculiaridades que caracterizan los individuos de una especie dividiéndolos en masculinos y femeninos.

En el glosario, “heterosexual” se define como: Hombre o mujer cuya atracción física y emocional se dirige hacia las personas del sexo opuesto. Y para efectos de dicho glosario,  no hay problema ni degradación alguna en usar el término. Sin embargo, señalan que “homosexual es una palabra inapropiada y hasta ofensiva para muchos. Son preferibles los términos ‘lesbiana’ y ‘gay'”.

Pero, si homosexual se refiere a personas que siente
atracción física y emocional por su mismo sexo,
¿por qué es un término inapropiado o hasta ofensivo para muchos?

Y aquí empieza, y no termina, una segregación; una clasificación de las personas desmembrando la identidad de género y las emociones en subclasificaciones, de acuerdo a las preferencias de cada cual. Y aclaro, preferir es optar. Dentro de ese contexto: biológicamente naces con un género determinado, pero por una diversidad de razones, optas, porque es una decisión de cada cual, aceptar que no eres heterosexual, y en lugar de esconderte en el “clóset” y reprimir eso que sientes y que vives, decides asumirlo y declararlo. ¿Cuántos casos de tanta gente que no se identifican a sí mismos como heterosexuales, pero optan por reprimirlo para evitar los dedos acusadores, el discrimen, las burlas y las reacciones adversas o dolidas de sus familiares y amigos?

Volviendo al principio, ¿cuál es la diferencia entre un heterosexual y una lesbiana o un gay? Sin irnos por las ramas, el heterosexual siente atracción por personas del sexo opuesto: un hombre por una mujer, o una mujer por un hombre. La lesbiana siente atracción por su mismo sexo, el femenino; el gay siente atracción por su mismo sexo, el masculino. Y esa atracción no se queda en lo etéreo, sino que al llegar la hora de seleccionar pareja, lo practica. Lo mismo ocurre con los bisexuales y los transexuales.

Vivimos en la era de los eufemismos; los conserjes (del francés concierge), han cambiado de nombre y en su lugar son empleados de custodia; ambos términos significan: Persona que tiene a su cuidado la custodia, limpieza y llaves de un edificio o establecimiento público. Ahora ya no se dice ciego sino no vidente.”

¿Dónde radica lo ofensivo de las palabras que se usaban tradicionalmente? Hay solo una respuesta: en nuestras mentes.

La comunidad LGBT perfila un grupo no heterosexual. Y esa no heterosexualidad la han clasificado de acuerdo a su preferencia en cuanto a atracción física y emocional (según el mismo glosario establece): lesbianas, gays”, bisexuales, y transgénero—la palabra en español es transexual. Me pregunto, con gran seriedad: ¿Por qué la clasificación? ¿De dónde surge? ¿Nació de la necesidad de tener un nombre que represente a una comunidad no-heterosexual?

No es una burla hacer estas preguntas, es un cuestionamiento válido y muy serio.

Los heterosexuales no nos subclasificamos dentro de grupos segregados por sus distintas preferencias físicas y emocionales, por ejemplo, V.O.T.A.; los que prefieren el sexo Vaginal, Oral, Táctil o Anal; o los románticos, los apáticos, los indiferentes, los cerebrales, los expresivos o inexpresivos. Somos simplemente hombres y mujeres atraídos hacia el sexo opuesto, sin más ni más, con cualidades, atributos o defectos, pero igualmente humanos.

El apellido sexual después del “nombre hetero no implica, de ningún modo, que todo en nuestras vidas gira alrededor de la sexualidad o del sexo. Las particularidades de cada cual no nos excluyen de formar parte de lo que somos todos: la raza Humana. Los heterosexuales no vemos como una ofensa que se nos califique de esa forma. ¿Por qué los homosexuales sí?

Se escoge la pareja por la atracción física, la química o empatía, los afectos, los gustos en común, y no por último menos importante, la sexualidad; compartir una relación sexual, siendo el sexo algo natural en todas las especies. La búsqueda de placer sexual es sólo una parte de todas nuestras búsquedas.

Buscamos sentir felicidad, estabilidad, plenitud, crecimiento espiritual, paz, equidad, reciprocidad, entre tantas otras cosas. Partiendo de algo tan sencillo, es que nacen muchas  de mis preguntas, gran parte de ellas se resumen en por qué los seres humanos, en lugar de congregarnos nos segregamos. Por qué tendemos a segmentar en vez de considerarnos como parte de un todo mucho más inmenso y abarcador.

Es práctica común el divisionismo por preferencias religiosas, políticas,
económicas, étnicas, sexuales, laborales, sociales.
En lugar de mirar las diferencias en criterios como algo natural,
las trazamos como líneas divisorias, y de la división surgen los conflictos.

Pero, intentemos aplicar las mismas reglas a otro tema distinto, Por ejemplo: Si transportamos a la niñez esta forma de segregar, sería totalmente discriminatorio calificarlos como normales o anormales, o clasificarlos por sus condiciones mentales o físicas: autistas, minusválidos, ciegos, hidrocefálicos, espino-bífidos, etc. Son simple y naturalmente niños, con los mismos derechos que deben protegernos a todos, que merecen las mismas oportunidades de los demás.

¿Por qué entonces abonamos a la tendencia a segregar en lugar de congregar; a dividir en lugar de unificar? ¿Por qué tendemos a tomar todos los comentarios con pinzas, a ver un ataque en todo aquello que no coincida con nuestra forma de pensar, nuestras convicciones, nuestros estilos de vida o preferencias de cualquier índole?

Como mujer, he visto cuánto se discrimina contra mi género. Género definido como origen biológico, pero también como ente social. Y ese discrimen no me lleva a buscar otro nombre para reclasificarme dentro de un término que suene más bonito y no lleve la carga del discrimen.

Más que clasificar a las personas, es importante calificarlas por sus atributos, por sus convicciones y sus valor en la sociedad; en lugar de segregarlos y segmentarlos en grupos. Todos somos humanos y lo esencial es cuánto podemos lograr desde nuestra humanidad, juntos, no disueltos.

Supongo, y espero equivocarme, que vendrán varios dardos de camino hacía mí y lloverán los epítetos. Pero sé que lo que planteo es válido. Que me hago preguntas que miles de personas se hacen pero no publican para no convertirse en el objetivo o tarjeta de una lluvia de ataques.

Termino este escrito con una invitación para que me respondan: sin ataques, sin epítetos, sin explosiones defensivas, sino desde el razonamiento puro, el compartir de opiniones y el raciocinio: el uso de la razón como la facultad de discurrir.

***

Karen Joglar es una veterana publicista y escritora con sede en San Juan, Puerto Rico. Síguela en Twitter @Kaa55.

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