De la inercia colonial y el ‘travestismo político’

Departments of Puerto Rico under Spanish rule in 1886 (Public Domain)

Departments of Puerto Rico under Spanish rule in 1886 (Public Domain)

“La verdadera fuente de nuestro sufrimiento ha sido nuestra timidez.”
– John Adams

I

En una reciente columna de opinión, a un legislador municipal del Partido Popular Democrático (PPD) poco le faltó para decir que la descolonización de Puerto Rico era una trampa de los sectores anexionistas e independentistas del país para acabar con la felicidad del ELA. De hecho, el autor explicitó que “el movimiento para descolonizar a Puerto Rico es una farsa.” Se basó en las alianzas impuras, según él, entre los partidos Nuevo Progresista (PNP) e Independentista Puertorriqueño (PIP) para argumentar que la fórmula del ELA es el “término medio” que todos en Puerto Rico, incluso hasta en secreto, prefieren sobre cualquiera fórmula descolonizadora.

En todo caso, la descolonización a través de la estadidad sí podría ser una farsa. Aunque también hay muchos estadistas que son decididamente anticolonialistas, el récord del anexionismo en Puerto Rico encarnado en el PNP, sobre todo hasta los 1990s, demuestra una defensa pasiva del ELA y el aplazamiento de la cuestión del estatus. Me valgo no solo de la encuesta que se refiere en la columna, sino también de la actuación de sus principales líderes históricos y por la demostrada falta de consistencia ideológica dentro del PNP hasta la llegada del Dr. Pedro Rosselló al liderato del partido y a la gobernación. La realidad es que el “caballito de batalla” de la descolonización dentro de los círculos penepés es de cuño reciente.

Durante los primeros 30 años del ELA, el anexionismo y luego el PNP fungieron de cómplices a la treta colonial. Ya desde la Asamblea Constitucional, los electores estadistas redactaron junto a la mayoría popular Carta Magna del ELA, asegurando que la ciudadanía americana fuera de carácter determinante en la vida colectiva de los puertorriqueños. El ex gobernador Carlos Romero Barceló celebraba el 25 de Julio y elogiaba la criatura de Luis Muñoz Marín.

Y como olvidar que fue el mismísimo alcalde penepé de San Juan quien, como representante de los Estados Unidos ante la ONU, defendió el 24 de septiembre de 1982 la ley de 1953 que eximía a los EE.UU. de reportar sobre la condición colonial de la isla, asegurando que “Puerto Rico adoptó su propia Constitución a principios de la década de 1950 y la Asamblea General la refrendó a través de su resolución 748 (VIII) de 1953, que confirma que Puerto Rico había ejercido el derecho a la autodeterminación mediante un proceso democrático y que las resoluciones relativas a los territorios no autónomos no se aplican a Puerto Rico.”

A su vez, el autor de la columna de referencia, parece olvidar que Rafael Hernández Colón fue el primer líder popular en acudir a las audiencias del Comité de Descolonización de la ONU y que otros representantes de su partido, incluyendo el también ex gobernador Aníbal Acevedo Vilá, han presentado ponencias junto a la mayoría de independentistas que acuden y los otros pocos anexionistas que han empezado a comparecer.

Este peregrinaje popular a Nueva York, el amplio sector dentro del PPD que aboga desde hace décadas por un ELA Mejorado o Soberano, y los recientes resultados del plebiscito de 2012 en el que la mayoría de los electores repudiaron la actual relación colonial y territorial con los Estados Unidos, efectivamente hacen añicos la desprestigiada postura de seguir defendiendo el coloniaje en Puerto Rico.

John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos

John Adams, el segundo presidente de los Estados Unidos

II

Siempre me ha resultado fascinante adentrarme en la historia de la Guerra de Independencia de los EE.UU. Durante ese evento, que precipitó la entrada de Occidente a la modernidad política, John Adams, el eventual segundo presidente de los recién independizados Estados Unidos, brilló por su inquebrantable inteligencia y convicción. Su austera figura, alejada de los campos de batalla mas no de la guerra misma, resalta como faro incorruptible de razó en la causa independentista.

Protestante puritano de Nueva Inglaterra, su formación fue estricta al igual que su carácter. Su fe y firme creencia en que la independencia de las colonias unidas de América era la única solución digna frente al colonialismo inglés, lo llevó a destacarse, según contemporáneos e historiadores, como el más versátil y hábil delegado del Segundo Congreso Continental en Filadelfia, aquel que declaró la independencia, y el partidario más excelso que tuvo la causa de la libertad americana.

Recién iniciados enfrentamientos tras la primera gran derrota americana en la colonia de Nueva York, ante la superioridad numérica y estratégica de la armada inglesa, John Adams, Edward Rutledge y Benjamin Franklin accedieron a reunirse con el almirante Lord Richard Howe el 11 de septiembre de 1776. Lord Howe, además de tratar de convencerlos de la futilidad de la guerra e independencia, llevaba órdenes de Londres para ofrecerle un perdón real a una lista de colonos independentistas, entre los que no figuraba Adams. El crimen de alta traición se pagaba en la horca.

Howe le proponía a la comité americana, a estos “distinguidos colonos ingleses, súbditos reales”, que desistieran de su guerra independentista y llegaran a un concordato entre hermanos divididos solo por el Atlántico. Frente al enemigo, ante las fuerzas de Washington diezmadas y en huida, Adams se reafirmó en la independencia como americano, distanciándose de la etiqueta de “súbdito inglés”, lo que casi consideraba como una afrenta. Le habló a Lord Howe sin pelos en la lengua y sin saber que sobre su cabeza pesaba el crimen de la más alta traición a su Majestad Británica. La guerra continuó, pues se negaron a llegar a un eventual acuerdo de la mano de Lord Howe, y el triunfo final de los revolucionarios se cristalizó en 1783 con la rendición inglesa en Yorktown a manos de americanos y franceses.

Este breve pasaje es solo una pequeña parte de la vida de Adams, totalmente dedicada a la causa de la descolonización, libertad y soberanía de su patria. En cada oportunidad puso a los Estados Unidos por encima de todo, a gran costo personal y familiar. Un independentista nato, creyente en que la divina providencia había hecho de su país uno excepcional. Pero Adams, a pesar de su excelso sentido libertario, guardaba el germen del destino manifiesto y, en su visión imperialista, fue uno de los primeros “padres fundadores” en proponer la anexión de Cuba y Puerto Rico para proteger las fronteras meridionales de la nueva república americana.

Seventeenth-century Spanish painting commemorating Captain Juan de Amezquita's victory and Enrico's defeat at San Juan de Puerto Rico; by Eugenio Caxés, Museo del Prado (Public Domain)

17th-century painting commemorating Captain de Amezquita’s victory at San Juan de Puerto Rico; by Eugenio Caxés, Museo del Prado (Public Domain)

III

Sobre la fuerza que hoy en día tiene el movimiento descolonizador puertorriqueño, sea soberanista, estadista y claramente independentista, la victoria moral le corresponde a este último sector que, contra viento y marea, logró cambiar el discurso sobre el debate del status del país. Ahora tanto penepés como una creciente mayoría de populares hablan de la colonia sin repercusiones algunas. Honor a quien honor merece: a los y las valientes que en años cuando no estaba de moda denunciar la colonia sufrieron persecución, cárcel y muerte. Espero que los no simpatizantes de la independencia, en un acto de humildad, por lo menos tengan la decencia de reconocerlo.

La descolonización de Puerto Rico es un imperativo nacional y una necesidad económica, sobre todo dada la inhabilidad del PPD de aplicar su fantasiosa teoría de desarrollar un ELA que no ha podido impulsar el desarrollo económico del país en casi 40 años. Diga lo que diga el PPD, todos reconocen la naturaleza colonial de Puerto Ricodesde el Comité de Descolonización de la ONU; la Casa Blanca bajo administraciones republicanas y demócratas; senadores y congresistas de EE.UU.; la Oficina General de Contabilidad (GAO); varios ganadores del Premio Nobel (incluyendo el economista Joseph Stiglitz); la mayoría de los expertos puertorriqueños de la Constitución, de la economía, de las relaciones internacionales y de los científicos políticos; soberanistas del PPD; el arquitecto y garante legal del ELA, José Trías Monge; el ex-colaborador de Muñoz Marín, Lcdo. Vicente Géigel Polanco; hasta Carmen Gautier Mayoral, la madre del actual Presidente del Senado Eduardo Bhatia; los países reunidos en la CELAC; los países no alineados; y la mayoría de los puertorriqueños que participaron en el plebiscito de 2012.

El movimiento independentista ha sido el único que se ha mantenido inalterable en su lucha por la descolonización y soberanía de Puerto Rico. Nunca ha claudicado ante ese esfuerzo, a diferencia del anexionismo que se contentó con la inauguración del ELA. Por supuesto, hay otras fórmulas descolonizadoras y los puertorriqueños podemos apoyar las que queramos. Sin embargo, las “alianzas” que el autor del artículo le atribuye al liderato del PIP y PNP se enmarcan en la reticencia histórica del PPD de hacer algo por el status, que a su vez es la camisa de fuerza al progreso económico del país. El PIP, no hay que olvidar, surge de la expulsión de los independentistas del PPD en la década del 1940.

El llamado “voto melón” (personajes que se identifican con el ideal de la independencia representado por el color verde que, llegada la hora de las elecciones nacionales, prestan su voto al PPD, identificado con el rojo) fue una fiebre malsana que se apoderó de algunos líderes independentistas ante no solo la supuesta “amenaza” del PNP y la estadidad, sino por el coqueteo institucional y muñocista inherente en el PPD de abogar por un nacionalismo anestesiado, “de santos de palo y maracas” como dice Rubén Berríos, condicionado a la supervivencia del coloniaje y los réditos económicos que dicho andamiaje otorga.

Ante la ardua defensa de la farsa del ELA por parte de los populares, que como muchos ya han reconocido es una fórmula que no es ni estado federado, ni país libre y soberano y ni mucho menos asociado bajo una relación de igualdad recíproca, el PIP, con todo y sus grandes defectos, ha buscado crear la crisis política que tanto habla apoyando los únicos esfuerzos plebiscitarios que en los últimos 20 años solo el PNP ha propiciado.

El PPD, sin embargo, también se monta sobre “el caballito del status” cada cuatro años aprobando resoluciones y prometiendo mecanismos como la Asamblea Constitucional de Status que luego engaveta y deshecha, restándole la debida credibilidad como colectivo que toma en serio la descolonización de la nación puertorriqueña a la que tanto hace referencia pero que, en la práctica, nunca defiende. Es lo que Gramsci llama “travestismo político”: ganar elecciones para acceder al poder y no hacer nada con él.

Rojos y azules se han servido de la colonia y del discurso de la descolonización para mantenerse en el poder y asegurar sus puestos como colonos complacientes. Sería interesante ver si con la muy probable victoria de Ricky Rosselló en 2016, el Plan Tennessee crea una crisis política provechosa o se convierte, como muchos auguran, en otro gran fiasco.

el Morro Puerto Rico

Castillo San Felipe del Morro in San Juan, Puerto Rico (Erik Larson/Flickr)

IV

Adams, su trasfondo y determinación, resultan aleccionadores si los trasladamos al contexto actual puertorriqueño. Por un lado, la bravura con la que se manejó en el debate de ideas en el Primer y Segundo Congreso Continental, llevando en la fuerza de su oratoria el catalítico para aglutinar un apoyo unánime y decisivo a favor de la independencia de las colonias, idea que, en sus inicios, era casi únicamente respaldada por la minoría radical de Massachusetts, contrasta con los pusilánimes esfuerzos de la clase política puertorriqueña para salir de la crisis fiscal, económica y colonial que nos aqueja.

Por otro lado, su cálculo nacionalista e imperialista de proteger a su país frente a agresiones europeas, colonizando a los territorios caribeños de Cuba y Puerto Rico, reconfirma la farsa del Estado Libre Asociado (para parafrasear el título del libro indispensable del Lcdo. Géigel Polanco), pues ha sido una fórmula política de la que se ha valido principalmente el PPD para engañar a los puertorriqueños haciéndonos creer que dicho status de gobierno limitado y territorial fue originado en el seno del partido del actual gobernador, Alejandro García Padilla.

El récord congresional apunta claramente a que durante los primeros años de la década del 1950, mientras se buscaba la aprobación de la Ley 600, Muñoz Marín y camarilla jugaban dos roles disímiles en Washington y San Juan respectivamente: mientras en la capital metropolitana Muñoz Marín, como corderito, reiteraba que la naturaleza del “pacto” no cambiaba la relación territorial de Puerto Rico, al punto de afirmar que “si los puertorriqueños se volvían locos, el Congreso podría legislar a su antojo”, por todo Puerto Rico y a través de las ondas radiales, jugaba el papel de león desafiante, asegurándole al jíbaro que el “pan, tierra y libertad” sería alcanzado a costa de sus exigencias y del nuevo tipo de gobierno que se había negociado “en igualdad” con el pueblo de los Estados Unidos. En realidad, como explica Géigel Polanco, lo que hubo fue una imposición unilateral de una política pública estadounidense hacia Puerto Rico que predataba a la fundación del PPD, correspondía al periodo de posguerra e inicio de la Guerra Fría, y cuya semilla ya se había sembrado en los albores de la “Gran Nación” de la mano de Adams, Thomas Jefferson y otros.

Statue of Dr. Ramón Emeterio Betances at the Puerto Rican Athenaeum (Harvey Barrison/Flickr)

Statue of Dr. Ramón Emeterio Betances at the Puerto Rican Athenaeum (Harvey Barrison/Flickr)

V

El independentismo amplio, ese que votó más por la independencia que por el PIP en las elecciones pasadas, ante la crisis del país y los vaticinios certeros que tanto Rubén como otros líderes independentistas habían pronosticado durante décadas, deben de retomar con más intensidad la búsqueda de la descolonización e independencia de Puerto Rico y entrar en alianzas que verdaderamente avancen el camino hacia la descolonización. Esto quiere decir, desechar, de una vez, la práctica del melonismo. Juan Mari Brás, en las últimas veces que compartí con él, reconoció ante los reunidos que la estrategia del independentismo “realengo” de favorecer al PPD electoralmente no había adelantado ni la descolonización ni la independencia de Puerto Rico y por lo tanto dicha práctica debía cesar.

Mientras el PPD, sus líderes y demás inmovilistas pretenden hacer malabares para mantener a la Isla en su infancia política, solo por la conveniencia de sus respectivos puestos y contratos, los que vemos al coloniaje como enfermedad la mayoría de los puertorriqueños debemos luchar contra la demagogia y travestismo estadolibrista, que ha pretendido “unir” al país dividiéndolo, hacerlo “crecer” con las dádivas y caprichos del Congreso (como ocurrió en la década de 1980, por ejemplo, cuando se enmendó la Ley de Quiebras Federal con el propósito de excluir a Puerto Rico de dicha protección), y darle “credibilidad” abogando, aún en el Siglo XXI, por un colonialismo moderno.

Regresando a John Adams: ¿qué habría hecho él si su país hubiera sido Puerto Rico? En los debates del Segundo Congreso Continental, era como la llama de la aurora: rebatiendo ferozmente a los colonos complacientes, americanos que se sentían primeramente súbditos ingleses, que no querían la ruptura, que atesoraban sus comodidades, que eran tímidos a la hora de exigir sus derechos. Hoy en día, en Puerto Rico, ¿quiénes son los colonos cobardes y conformes? ¿Quiénes defienden lo indefendible ante el legajo apabullante de la falta de poderes políticos básicos en manos puertorriqueñas, que ni siquiera en quiebra podemos declararnos? Y, por el contrario, ¿quiénes son los modernos John Adams, los que reiteradamente les reclaman a los colonos cobardes que dejen la timidez de lado y ayuden a construir un verdadero país? En las respuestas a estas preguntas, nosotros como puertorriqueños, en donde quiera que nos encontremos, sabremos ubicar la fuerza y voluntad para de una vez y por todas destruir la inercia colonial que nos aqueja.

***

Luis Ponce Ruiz nació Santurce en 1983. Obtuvo una licenciatura en política internacional por la Walsh School of Foreign Service de la Universidad de Georgetown y Juris Doctor por la Universidad de Puerto Rico. Él es el fundador de la página Boricuas en Lima.

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